Posterous theme by Cory Watilo

Espiral de Fermat

Fermats_spiral
Fermat escribió en el margen de uno de sus libros el inicio de una teoría que decía haber demostrado en otro lado. Luego se murió y nadie pudo encontrar aquella demostración. Así que muchos matemáticos intentaron lo que él ya había conseguido y fracasaron. 
Hasta que muchos siglos después alguien fue capaz, por fin, de demostrar aquella vieja anotación al margen.
Inquieta comprender que podemos morirnos sabiendo con claridad algo que los demás tardarán tanto tanto tiempo en aclarar.
Conjeturas. 
Hay un asteroide y un cráter lunar con su nombre. También hay una espiral que se llama como él. 
La espiral de fermat son en relidad dos. Simétricas respecto a dos ejes. Con un punto en común. 
Las espirales son uno de los símbolos más antiguos. Uno de los pocos que se dan en todas las culturas en todos los continentes. Que dibujan con los dedos los niños en la arena mojada de las playas antes incluso de poder hablar o controlar su equilibrio.
Siempre esa concepción del punto fijo, el movimiento. Fuera. Dentro. Hacia el centro. Desde el centro al abismo. Cuanto más fuera más grande. Cuanto más dentro más concentrado. Más poderoso.
Lo cíclico. Inacabado. Eternamente enredado sin un solo nudo. Partiendo desde un punto.

Dos espirales que se alejan y se acercan. Simétricas. El eje por la mitad. Que une por el centro. Que marca las rotaciones sin esfuerzo de torsión. 
Hay muchas formas de girar. De dar vueltas. La espiral de Fermat es una de ellas.

Las espirales geométricas irradian. Las simbólicas tienen siempre dos recorridos. Dos caminos. Salir. Entrar. Llegar al centro como destino o al extremo como fin.
Una espiral es también un laberinto. 
No hay líneas rectas, ni ángulos. Ni muros ni paredes. La idea de laberinto viene aquí del giro y del mareo. De la difusa percepción del principio y el final. Del juego de espejos. 

Imaginar esa línea curva mirándose en el espejo de otra línea curva que no es pero parece ser idéntica. Cada vez más alejada. Parar. Volver atrás, buscando el centro. Ese lugar del espejo donde dos líneas curvas se resumen en un punto.
¿Y si fuese justo al revés? Y si las espirales simbólicas fuesen una forma de representar el origen caótico de una duda. El camino de curvas y contracurvas que se cierran hasta llegar al único punto en el que todo está claro. Quieto. Para volver a hacerlo girar todo otra vez.

Espiral de Fermat o círculo vicioso. Esa es la duda.

Círculo vicioso. Esa situación irresoluble donde dos circunstancias son a la vez causa y efecto una de la otra.
Porque en la espiral de fermat hay dos principios y un final. O dos finales y un principio, dependiendo de en qué sentido recorras con los dedos el camino por la arena.
En el círculo vicioso uno solo puede apelar al Barón de Munchausen. Ese hombre que salió de la ciénaga tirando de su propia coleta. 

Instrucciones para hacer un puzzle sin muestra

Consigue el millón de piezas. Todas y cada una de las piezas. Abre la caja. Saca y cuenta uno a uno los trocitos de cartón. Dentro de la caja hay un formulario por si falta alguna.
No quiero engañarte: van a faltar muchas. Esa es la gracia del juego.

Rellena el formulario. A vuelta de correo recibirás pistas como miguitas para ir encontrando la ubicación exacta de las piezas que te faltan. 

A veces, por error, alguna estará duplicada. Así que tendrás que comparar cada una de las que encuentres con cada una de las que ya tenías. Deberías clasificarlas por colores para que te sea más fácil. Es un proceso tedioso pero imprescindible.
Descarta las repetidas.
A esas piezas se les llama ruido.

Guarda el ruido en una bolsa. Quizá un día vuelvas a necesitarlo.
Pon buena música. Sírvete una copa de vino. Ármate de paciencia. Necesitarás un método, todo el tiempo del mundo, constancia para seguir frente a la mesa, criterio para saber cuándo ha llegado la hora de descansar.
Si empiezas a ver el mundo como algo fragmentado y caótico puedes seguir un poco más.
Si empiezas a ver los muebles como cosas que encajar entre sí deberías irte a la cama.
No te rindas.
Pero asume que quizá, cuando coloques cada cosa en su sitio no te guste nada la imagen que aparece. Esa es la gracia del juego. La certeza de que acabarás viendo algo completo y con sentido, la incertidumbre de no saber el qué.
Te dirán que lo dejes, que no vas a ninguna parte. Que si no te cansas de perseguir trozos, clasificar trozos, colocar trozos.
No te rindas.
Porque entonces el tiempo que has invertido hasta el momento será solo un desperdicio. Si te rindes no podrás dormir por las noches pensando cuál sería el paisaje. Y eso es peor que pasarte la vida entera poniendo piezas de un puzle unas junto a las otras.
Imagina que acabas antes la vida que el puzzle. Bueno, al menos no te rendiste. Al menos lo intentaste.
Imagina que encuentras nuevos retos, el puzzle deja de interesarte. Entonces no volverás a la sala y quedará allí. En ninguna parte. Pero habrás aprendido algo del proceso. Estarás tranquilo. Todo irá bien. Y siempre podrás volver cuando tengas ganas.
Pero por nada del mundo te rindas.
Eso jamás.
Cánsate pero no te rindas.
Abúrrete pero no te rindas.
Entiende siempre los matices. Hacer un puzzle sirve únicamente para mirar las cosas desde varios puntos de vista, varios ángulos, varias distancias. Y para entender las sutiles diferencias. Los detales decisivos.

Pescado

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Por primer vez no estás en ningún lado. Has cortado el cordón. El cable rojo de la bomba. 

El sedal. 
Me he quedado con el cebo enganchado en la garganta. 
Boqueo y me desangro.
He dejado de luchar, de buscarme en tus rincones.

Sobrevivir es tragar y digerir el metal que desgarra las entrañas.
Sobrevivir es aprender a respirar fuera del agua.
Sobrevivir es aceptar lo inaceptable de tragarme también mis propias dudas.
Revivir vendrá después. 
Cuando deje de esperarte.

 

Cabaret

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Empieza la música. Suave. La mujer aparece contoneándose al ritmo ondulante. Con la mirada grave de cuando los incendios están a punto de iniciarse en habitaciones privadas. Solo que el show es público. Y ella estira la pierna con el pie en punta y todos los músculos tensos marcando un camino que muchos quisieran recorrer. Parece flotar y a la vez tiene el peso de lo carnal. El calor de la piel que late.
Todos quisieran trepar desde ese tobillo por el ángulo más escondido bajo la tela brillante.
La falda se abre como un telón. Desaparece. El ángulo se hace entonces evidente. Un giro preciso. La espalda. El rosario de la columna vertebral, los hilos finos anudados todavía. La mano diestra. El tirón. Los espectadores ven deshacerse uno de los lazos de reojo, concentrados en el culo  respingón que sigue bailando lento. Ofreciendo abandono.
Una de sus manos revuelve la melena. El escorzo del cuello sobre el hombro izquierdo anuncia un perfil pícaro. 
Ella va a girar. Todos lo saben. Contienen la respiración. Ella va a girar sujetando con una mano los dos minúsculos triángulos de tela. Pero no termina de rotar. El perfil pícaro es ahora el derecho. Marcando una línea imperceptible con esa pierna que se cierra. Los tacones. 
La rodilla flexionada. Otra vez parece flotar. Lentísima. Ahora si. Por fin. Girando. Soltando la mano que sujetaba los triángulos.
Bailando entonces, intocable y crujiente. Tirando del último cordón con suavidad extrema. Completamente desnuda. Como si nadie mirase y el gesto careciese de la más mínima importancia.

Entre bambalinas la protagonista del siguiente número se indigna ante la presencia ineludible de una mujer con un cuerpo que mostrar, estremecer, agitar, sudar, secar, alimentar, hidratar, olfatear, restregar, mecer, envejecer, disfrutar
 
Un cuerpo que toma las riendas y el control y se hace cargo de la supervivencia y la cura. 

Cae el telón. Empieza un aplauso interminable que indigna aun más a la próxima artista.
Sale a escena. El gesto serio. Se hace el silencio.
Con su voz estudiada explica lo conceptual de su número. Lo profundo. 
Las vísceras. Ponerse ahí. En medio del escenario. Desnudarse sin quitarse ni una sola prenda. Con la piel tapada y las heridas abiertas manando.
Puro realismo. Exhibición osada de la pena, del dolor que causaron los otros. Los insensibles. Ese dolor que no es culpa suya. Es la suerte. La mala suerte de ser tan sensible, tan vulnerable. Tan pura. La pureza, ya se sabe, es la madre de todos los inevitables desastres.
Llorar y llorar. Sobre las tablas. Desgarrarse. Llorar otro poco. Quejarse con resignación cristiana.
Eso es lo difícil. Lo que ella hace. Porque es muy facil, y muy simple, y muy evidente, poner cachondo al personal quitándose la ropa.
Y la estriper, aun con la piel expuesta, sale de lo oscuro, avanza lenta hacia el medio del foco. Sonriente. Caminando como ella camina, como si flotase carnal.
El público contiene la respiración intuyendo lo explosivo de la mezcla. 
Ten los cojones de ponerte ahí, en el puto medio. Justo donde estás. Dice. Y desnúdate de verdad. Escupe. Enseñanos la piel. Empieza, no sé, por el último trozo de carne que te besaron. Por la última parcela de tu cuerpo que tembló de placer. Enseña eso. Venga. Ponte ahí y enséñanos los orgasmos, las risas, los días felices. Ten la valentía. Que suene la música.
Si quieres, primero, te cuento mis penas. Lloramos las dos por los fracasos. Pero luego, por favor, deja que suene la música. Estamos aquí. Bailemos. Hagamos que todo lo demás deje de importar. Disfrutemos de la suerte inmensa de tener un cuerpo protegiendo las vísceras heridas, sangrantes.  Y a medida que la tela empieza a caer, verás cómo dejas de pensar. Es así de simple. 
Igual que no se puede estornudar con los ojos abiertos no se puede desnudarse de verdad pensando en nada.
Ese es el lujo. Esa es la suerte de vivir quitándome una a una las prendas que elegí con cuidado para poder lanzarlas sobre la madera. Y tú dices que es sucio. Dices que es feo. Me miras con asco. Escándalo. Mujeres fáciles alardeando del placer, del sexo, de la piel brillante de purpurina. En público.
Tú le llamas a esto escándalo. 
A tus pies, mientras tanto, mientras me juzgas con superioridad beata, el charco de sangre, resto innegable de tu estriptis de hace un rato, de tu operación a hígado abierto, de la bilis y el dolor y los humores peores.
Tú me hablas de buenas maneras. De dignidad, de valentía. De entrega. De verdad.
Escondida entre tus artificios y tus excusas. Mientras yo tirito de frío y tiemblo de placer y de pánico. Y noto como todos me miran.El deseo. Sin lugar donde esoconderme. Donde esconderlo.
Tú, precisamente, me hablas de buenas maneras. De dignidad, de valentía. De entrega. De verdad.
Tramposa. Cobarde. Sangrante. Gore. Pornográfica.
Tú me hablas a mi de verdad. Tienes el valor de insultar mi desnudez con tu artificio. Sin comprender que todas tus trampas son cárceles que construyes a la medida de tus excusas.
Mi desnudo en sesión doble es la razón por la que en este teatro hay solo adultos. Todos conocen las reglas. Probemos. Fuera ropa. Sin ropa, cualquier trampa es imposible.

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El cuadro: Desnudo Azul. Picasso.

Tema del taller: Cualquier trampa es posible

Platón contra Epicuro. Filosofía barata

Para la otra pata de la banqueta. Hedonista convencida incluso en los días peores. 

- Quiero intentarlo. Aunque fracase. Aunque no funcione. Pero quiero intentarlo
- Pues queréis cosas opuestas.

Y la frase, dicha como tantas otras frente a dos tés morunos, rebuscando cacahuetes en el cuenco de los frutos secos, se quedó demasiado tiempo dando vueltas. Porque era el único diagnóstico de aquella enfermedad. Platón contra Epicuro. La caverna contra el jardín. Lo inmaculado contra lo sucio de realidad caliente. Todo el idealismo del mundo había dejado de ser alimento suficiente. Había dejado de significar la felicidad para convertirse en una especie de tortura sensorial.

Tienes que salir de ahí. Endurecerte. Diagnosticaban los expertos 

Pero no estuvo de acuerdo.

Porque al otro lado había alguien suficientemente endurecido que necesitaba los reflejos de su luz. Alguien destrozado al que no era posible salvar, ni curar, ni hacer reaccionar. Alguien a quien tampoco quería cambiar. Alguien que pensaba en golpes. En heridas. En sangre. En sufrimiento. En violencia pura. En la soledad como una protección contra el daño. En el placer como algo animal que uno debía, por supervivencia, aprender a separar del latido del corazón. Del pulso en las venas. Del agujero. Porque al otro lado había alguien importante que necesitaba saber que se podía salir de ahí sin endurecerse. 

Caminando por la ciudad con el sabor del té moruno en la boca y el sonido de la verdad en la cabeza, decidió que mientras tuviese fuerzas iba a seguir siendo un reflejo. Porque había alguien dentro de la caverna atento a las sombras que proyectaba su luz. 
No sabía cuánto podría resistir. Tenía claro que nadie iba a entender aquel sacrificio. Pero no quedaba elección posible. Y de todas formas los supervivientes seguidores de Epicuro siempre encuentran una manera de salir del sufrimiento. De volver a los días soleados. A los placeres que prolongan la vida y la enriquecen.

Sobrevivir y salir indemnes. Hay seres con la fortaleza, la claridad y la fuerza para hacerlo. Decidió que lo intentaría. Y se sintió mejor, porque aquel dolor, después de todo, tenía algún sentido. 
Dentro de la gruta el dolor no conducía a nada, ni resolvía nada, ni provocaba nada. Ni movía nada. Era la pura tortura autoimpuesta de negarse a salir al mundo real donde nada está bajo control. Donde brilla el sol. Donde se nubla. Donde hay placeres escondidos en los recodos de los caminos. Incluso de los más tortuosos.

 

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No pretende ser un tema de selectividad, disculpen la brocha gorda. 

Fronterizo

Frontera

En el límite de la necesidad. En la delgada línea que separa lo vital de lo irresistible. Ese impulso suicida. Esas ganas incontroladas de mover un pie, cruzar la raya. Esa frontera que trazaste. Que nos separa y me electrocuta. 

En el límite entre las ganas, y el más puro instinto de supervivencia.
Decidiendo si me suicido, me dejo asesinar a fuego lento. Me rindo.
Con un pie a cada lado de ninguna parte. 

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Un desarrollador me mandó un mail que decía "esto está en el límite de la necesidad" yo le dije que me parecía una frase muy evocadora (dentro de un texto de lo más farragoso, por otra parte). 
Él creía que era de broma. Pero no.
Lo fronterizo siempre es evocador...

Escena. Château de Villandry

Villandry

Nunca supe diferenciar los jardines versallescos de los de estilo inglés, de los renacentistas italianos. Dice la guía que este es inglés, no sé. Fuentes. Setos recortados como pretendidos laberintos.

Desde la azotea los turistas parecen hormigas ejecutando una extraña pero rítmica coreografía. Fascinante perspectiva.

Una mujer que no sabe correr, deja los brazos muertos pegados al cuerpo. El riesgo de perder los dientes en la carrera se percibe como ineludible desde aquí arriba. 
Es dificil entender, en cambio, el por qué de tanta prisa.

En el silencio que ofrecen la vegetación y la distancia, la carrera de la mujer que no sabe correr, estorba la calma.

 

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El Château Villandry existe, está en el valle del Loira, cerca de Tours. La foto de arriba es de sus jardines.

Volvemos en 5 minutos

Ruido. Coches vertiginosos para hombres con complejo de Peter Pan. Niñatos. Pelis en las que DiCaprio intenta, una vez más, ganar un Óscar. Programas de cotilleos con personajes que a estas alturas ya ni identifico.

Voces de mujeres cool, poco naturales, anunciando gafas para mujeres que ven perfectamente.

Y más gafas para jóvenes con peinados imposibles. La modernez, definitivamente, lleva gafas.

Un pato en 3D desinfecta el water. Un corderito adorable vende pastillas light para dormir.

Más coches escandalosamente asequibles.

Ese anuncio de chicle que da ganas de traspasar la pantalla. Ondas sonoras, millones de minúsculas bolas magnéticas. El cuerpo desnudo vibrando dentro del magnetismo de las ondas sonoras agitando las minúsculas bolas.

Acento italiano para vender pizzas congeladas Antigripales mejores que los anteriores pero no tan buenos como los siguientes.

Cereales azucarados que suigieren adelgazamiento atiborrándote de minúsculas virutas de chocolate azucarado. Todo azucarado pero light.

Leches de continuación con fibras prebióticas. Sea eso lo que sea.

Manteles relucientes de puro blanco. Ariel, vernel, kalia. No lo sé

Siempre mujeres lavando ropa. 

Alimentos naturales con aspecto de saber a puro plástico.

Más mujeres fregando suelos para maridos, amigos, hijos, hermanos y hasta compañeros de piso.

Parejas que se compran casa por Internet con sonrisa ancha. Ella todavía no sabe que tendrá que ser su asistenta sin sueldo. Ninguno piensa en el euribor ni en los mercados. No viene en el guión

Más antigripales en este invierno benévolo de 20 grados a mediodía.

Más coches con nombres poéticos. Una historia de pasión contada como un mosaico de imágenes tan bonitas como frías.

La pasión, después de todo, es otra cosa. Inmprevisible, puede que sucia, desordenada. Ineludible.

Es barro y envoltura y descontrol y desmedida de cerebros en off y pieles en flor. Y sentidos felinos y calor y palabras a medio formar

Más coches conducidos por imbéciles para los que la pasión es exclusivamente pisar el acelerador.

Mercedes Milá anuncia Gran Hermano. Ella sí, llena de una pasión auténtica que viene del autoconvencimiento. Trece años después se creyó su propio anuncio. La vida en directo. El experimento sociológico. 

No me estarás engañando...

 

 

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El tema del taller del miércoles pasado era "Publicidad". Pero se retrasó a este miércoles. Y mañana yo no iré al taller porque Alejandro Martínez da un conciertazo en la sala Galileo. Así que lo subo hoy...

Señales de vida

Me dicen que has muerto. Y tu línea de móvil suena como siempre. Y salta el buzón de voz como siempre. Y yo, esta vez, no digo nada. Ninguna broma idiota. Ninguna frase que incluya la palabra ostras.

Qué se dice en el buzón de voz en estos casos. Y la luz verde del chat de google sigue encendida junto a tu nombre. Verde. Como siempre. Pero tampoco hay ningún mensaje tonto sobre tu estado civil, la última chica guapa con la que cenaste. Alguna cosa de tus sobrinos.

 

Y no quiero creérmelo. Sé que es absurdo escribir un hola en la ventanita. Como hacíamos siempre. Un hola, en qué país andas.
Y entonces tú decías China. México. Argentina...
Sé que es absurdo pero aun así escribo en esa ventana y al otro lado nadie dice nada pero la luz sigue verde y yo me agarro a esa luz verde. Idiota. No pasa nada. Dentro de unas horas dirá algo. Recibiré un sms, un mail. Alguna señal de vida.
Señales de tu vida.
El otro día hablaba de ti con alguien. De ti y tu plan de retiro en África. Y cómo yo apostaba contigo todas las rondas que no soportarías allí ni medio año.
Son las 17.52. La luz sigue verde. El buzón de voz al otro lado de tu línea.
Pero dos amigos me cuentan. Un infarto. 
No quiero pensar que nunca más iré contigo a ese catalán de al lado de la Plaza Mayor. A escucharte defender a Mou incondicionalmente.
Miro la luz verde.
Y tengo ganas de hacer alguna estupidez. Alguna locura. Y que salga el sol por antequera. Porque no sé cuánto tiempo tengo para seguir perdiéndolo en lugar de emborracharme del vértigo de estar vivos. Fracasando pero vivos.
Equivocándonos pero vivos.
Estoy llorando en una oficina que atardece, llena de gente que se ríe. Y no me quito de la cabeza eso que siempre digo. Eso que te dije tantas veces. Que tantas veces fue parte de nuestros brindis. 
"Disfrutemos mientras podamos. La vida, ella solita, ya se encarga" 

 

Mentiras

mentira.

(De mentir).

1. f. Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa.

2. f. Errata o equivocación material en escritos o impresos. Se usa más tratándose de lo manuscrito.

3. f. coloq. Manchita blanca que suele aparecer en las uñas.

4. f. coloq. Chasquido que producen las coyunturas de los dedos al estirarlos.



Se miraba las manchas blancas de las uñas como si fuese a encontrar en ellas alguna clase de verdad revelada. Tenía cara de pena. Al otro lado del ventanal de aquel café con aire francés que hacía esquina en el centro de Madrid. 
Tenía una irresistible cara de pena allí sentada, medioiluminada por los halógenos. Ese aire tenebrista, como de escena. Como de tiempo detenido en el instante en que decidió que mirarse las manchas blancas de las uñas era una solución tan buena como cualquiera. Tan inutil como todas.
Él tuvo ganas de decirle que a esas motitas blancas se les llama coloquialmente "mentiras". Como a las de la piel se les llama "antojos".
Tuvo ganas de decírselo y quizá si hubiese cruzado la calle, entrado en el café. Si él hubiese hecho aquello. Hablado con ella. Todo habría sido distinto.
Pero en lugar de eso se quedó mirándola el tiempo que ella tardó en levantar la cabeza y verle allí, en medio de la calle, en medio de la noche prematura del invierno, bajo la lluvia fría que amenaza nieve. Y entonces dio media vuelta. Siguió andando, alejándose. Desapareció.

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Nota: El tema del taller al que no fui era "mentira". Una tradición del Bremen es el "pato/zapato", es decir, coger el tema y hacerlo mutar a nuestro antojo. Esto de arriba fue un principio de pato/zapato que se quedó en micro...
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